Germinación alienígena

Una mujer afrodisíaca, de senos abultados y prominentes curvas, cogió con anhelo los billetes que un joven algo asustado le entregaba tímidamente.

—Pasa a esta habitación, cariño, Eurínome ahora vendrá… —le susurró en medio de una luminosidad mortecina.

Él atravesó la puerta con paso sigiloso, sin querer hacer ruido, y se sentó en una cama esponjosa y llena de suaves cojines que emanaban un intenso olor azucarado.

—Así me gusta —le volvió a susurrar, mirando desde el otro lado de la puerta entreabierta—, relájate, cariño… —y desapareció dejando atrás sinuosas formas que se perdieron como serpientes huidizas.

El chico tragó saliva y se frotó un momento las manos. Su nerviosismo aún se manifestó más claramente en el temblor martilleante de sus pies.

Pero todo movimiento de su cuerpo cesó al instante cuando Eurínome cruzó la puerta y, cerrándola con una maniobra que motivó una elocuente postura, se abalanzó como una gata en celo sobre la falda del sudoroso joven.

—Después de esta noche querrás repetir —dijo esa mujer que era la encarnación viviente de la lujuria—, te lo aseguro, todos lo hacen… —y acompañó esas últimas palabras con una risita traviesa.

El chico no dijo nada, tenía todos los sentidos atrapados en el tórrido cuerpo de esa mujer que le rescataba de la mente las mismas sensaciones que tuvo al masturbarse por primera vez.

Su miembro se tensó bajo los apretados tejanos, que se aliviaron cuando la mano arbórea, de contornos cortantes, bajó la cremallera de la bragueta liberando toda una reunión de aromas y olores más intensos que los del palacio de un lascivo sultán.

Ella lanzó lo que una mujer bajo los delirios del vino de Dionisio exhalaría con morbosa impaciencia. Pero con el descaro de quién sabe que domina la situación, resiguió con sus uñas primero el pecho, luego el ombligo, el vientre y todo el lomo del miembro del fogoso cliente para levantarse de nuevo y entregarse a un baile fogoso que impregnaba el brillo del sudor en todo el esponjoso cuerpo de la caliente bailarina.

El chico se retiró ya desnudo hacia el centro de la cama, tumbado cómodamente para recibir la arremetida de esa bestia del sexo. Imaginando ser el mismo Ofión, tomó el cuerpo de su férvida amante que se lanzó con su pelvis por delante encajando su prominente clítoris con el glande que palpitaba como un tambor.

Eurínome se frotó una y otra vez con él, dando círculos primero, y luego subiendo y bajando por toda esa larga polla endurecida por la sangre que circulaba en su interior a toda presión.

Sus pechos saltaban una y otra vez, sus glúteos danzaban sobre los testículos que parecían la boca de una rana respirando ansiosamente, su lengua se relamía unos labios que parecían un pastel de cerezas y su pelo levitaba en un espectáculo de alevosía y obscenidad.

Un sonido parecido al de tragar forzosamente un líquido anunció la dura penetración. Cualquier otra mujer hubiese soltado un grito ahogado de dolor, pero Eurínome mostró placer y satisfacción y pidió a su ingenuo cliente que moviera su pelvis arriba y abajo con mucha fuerza.

Los gritos y los golpes se encadenaban con mugidos, gemidos, aullidos y chillidos, acompañando el grito furioso que lanzó el miembro del joven al escupir todas sus oleadas de semen al interior de la alocada mujer.

—¡¿Lo notas?! ¡¿Lo sientes?! —empezó a preguntar de golpe, entre jadeo y jadeo.

El chico no supo qué decir. La forma de hablar y las maneras de Eurínome ya le habían impresionado, y las palabras le quedaron recluidas en una prisión del fondo de la mente.

—¡¿Lo notas?! ¡¿Lo sientes?! —siguió gritando extasiada, entre agitados jadeos de lujuria—. ¡¿Sientes la vida correr por mi interior?!

Esa pregunta le heló la sangre, hasta el punto que sintió tal incomodidad que su pene empezó a perder toda erección, ablandándose poco a poco. 

Y no fueron sólo sus palabras, o el significado que éstas pudieran tener, lo que atemorizó al joven eyaculador hasta anular su apetito sexual; había algo más en toda su expresión, en sus ojos y en su cara, en todo su cuerpo…

Eurínome le miraba como un león acechando a su presa, le cogía con fuerza las manos y le obligaba a tocarle el vientre.

Entonces volvió a chillar:

—¡¿Sientes la vida nacer dentro de mí?!

La expresión orgásmica del joven se transformó en grima. Quiso sacársela de encima, pero no pudo. No tenía las fuerzas suficientes, le era imposible. Eurínome lo tenía totalmente aferrado, con una fuerza que podía notar con mayor intensidad en sus muñecas apresadas o en su miembro aún dentro de esa vagina que parecía morderle como si fuese una boca con vida propia.

Entonces, en el momento culminante de su angustia, pudo darse cuenta que a su alrededor destellaban multitud de risitas sardónicas, miradas perversas y uñas afiladas sobre unas manos diabólicas que trazaban gestos retorcidos y arbóreos.

—¡¡¡Me estás germinando!!! —gritó de golpe, aterrorizando aún más a su nuevo cliente.

Pero ese grito no vino solo. Un nuevo ruido, estrepitoso y chocante, sacudió toda la habitación y apagó  las risitas malvadas que dejaron de danzar al instante.

Una silueta oscura irrumpió entonces en la sala, tirando la puerta al suelo y dejando entrar un resplandor rojizo. La ropa que llevaba era absurda, al igual que toda la situación. 

La mente del chico empezó a imaginar escenas épicas de películas futuristas mientras la nueva protagonista decapitaba las desnudas mujeres con unas espadas hechas de luz, o de energía, o de algo que rebasaba la concepción de cualquier mente de esa época. 

El chico empezó a gritar en medio de ese espectáculo kafkiano. Quería despertar.

—¡Calla! ¡Idiota! —gritó la única figura que aún quedaba en pie y que le había rescatado de esa satírica conspiración—. ¡Calla y sígueme o no estaremos a tiempo!

—¿A tiempo de qué? —preguntó el chico, balbuceando.

—¡De salir de aquí! —respondió la figura.

—¡Mi ropa! —exclamó al levantarse.

—¡No tenemos tiempo! ¡Venga!

Le cogió de la muñeca con fuerza y salieron corriendo hacia el pasadizo, que ahora se veía envuelto en llamas y en una luz rojiza que se apagaba y se encendía intermitentemente.

—¡¿Qué es este ruido?! —preguntó el chico que hacía bambolear su miembro de un lado a otro.

—¡La alarma! —gritó su salvadora.

—¡¿La alarma?! —preguntó él abriéndosele los ojos de par en par.

—¡Sí! ¡Estamos en una nave alienígena!

Esas palabras impactaron en su pecho como si todo el cielo hubiese caído encima de él.

—¡Debemos darnos prisa o no saldremos! —anunció ella mientras desenfundaba lo que parecía ser una escopeta. 

Entonces apuntó al frente. Una especie de luz líquida formó un remolino dentro de un receptáculo en el centro del arma. Envió con su mente la orden de disparar, que se transmitió desde su dedo a través de la conexión neuronal. Un rayo de energía destruyó la pared de enfrente dejando entrar una salvaje corriente de aire. Casi cayeron. Las montañas les parecieron muy distantes ya. Las nubes pasaban demasiado cerca.

El chico no pudo entender lo que veía. Su mente se colapsó. La oscuridad lo llenó todo. 

Cuando despertó su cuerpo aún seguía desnudo. Se encontraba confinado en una prisión criogénica que le mantenía en vida dentro de una nave que viajaba a la velocidad de la luz hacia un lejano planeta. 

Ya se habían cansado de pervertir humanos. Ahora irían a buscar otras víctimas.

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