Ezequiel D.

Ezequiel está sentado en el suelo, sobre su cojín favorito de Nights Into Dreams. Las piernas cruzadas y, en las manos, el mando de su XBOX One. El volumen del televisor se escucha suave, llenando la salita de estar como la apacible marea de una playa, y las imágenes que en él se proyectan tiñen de colores el ambiente con halos de luz centelleantes. La sonrisa del niño, mudando alternativamente a expresiones de asombro o de afán, conjuga a la perfección con sus ojos llenos de alegría, de sueños y de luz.

Su madre está en la cocina. Se escucha el tintineo de cubiertos y un suspiro lleno de paz. Ha terminado la cena: un guiso de carne de vacuno con patatas, verduras y salsa caramelizada de almendras y manzana. Con pasos silenciosos, pero llenos de vitalidad, lleva la cazuela a la mesa central del comedor. Y en su andar, un vaho caliente fluye, saliendo de la cacerola, y el aroma del estofado se pierde hacia donde Ezequiel vuela en sus fantasías repletas de color y de movimientos ilusorios entrañables. Su olfato se maravilla aún estando su mente surcando un mundo de utopía, donde decenas de soldados verdes de juguete disparan con sus ametralladoras de plástico tapones de bolis Bic contra un oso de peluche que ha secuestrado a la princesa del reino de Alheim.

Gira la cabeza, extasiado por el olor del guiso, pero a la vez dudando de si ese disparo se ha producido en su videojuego o ha venido del exterior. Y en ese instante en el que gira la cabeza, su madre sonríe al verlo y le guiña el ojo, divertida. Su padre olfatea el aire en el exterior. Piensa que habrá tormenta. Baja la mirada y su vida se esfuma bajo el parachoques de un portentoso Akura MDX con tracción a las cuatro ruedas. El cuerpo sale disparado con violencia hacia atrás, las gotas de sangre se esparcen a cámara lenta, brillando en la fuerte luz de los faros del 4x4.

Hay disparos, vienen del camino. Las balas silban muy cerca del Akura y estallan contra las ventanas de la casa. Los cristales rotos bailan en torno al aire que se ha ondulado al perfilar la trayectoria de los proyectiles de titanio. La madre del niño cae rota en el suelo, con la cabeza abierta, escupe la flema en un espasmo, y un desgarro de sangre esparciéndose por el aire. Una lámpara del comedor estalla y Ezequiel cierra los ojos antes de que su cabeza se haya girado del todo. Los vuelve a abrir y ve el rostro de su madre mirándole fijamente. Su sangre le salpica la cara. La puerta de entrada cae reventada, el cuerpo de su padre parece un manojo de carne. La carne del asado resbala por el suelo, y la salsa de caramelo le empapa el rostro desencajado. Caen las primeras gotas de lluvia mientras el tiempo se está descongelando. El Akura se estampa contra el pilar de la cocina, y con el impacto las lunas delanteras estallan ante el paso de otro cuerpo.

El cadáver destrozado de un hombre cae a los pies de Ezequiel, que ahora termina de girarse. Entonces todo se acelera. Disparos, una explosión, más disparos y fuego. Un maletín girando abierto delante del niño y un vial que cae a sus pies y se rompe. Gritos, alguien entra en la casa y dice algo, pero no lo entiende. Los ojos le escuecen, las llamas devoran la pared de la cocina, y se acercan hambrientas hacia la salita donde el televisor muestra con letras apagadas Game Over. El olor del guiso ahora le da arcadas al ver la cabeza abierta de su madre y el cuerpo mutilado de un desconocido. Pero hay otro olor, aún peor. Es agrio, y le quema la garganta. Entonces siente cómo algo que parece vivo se adentra en su cuerpo, le invade los pulmones y el flujo sanguíneo. El hombre que yace mutilado a sus pies se convulsiona, lo escucha jadear, con un sonido ronco e infernal, y de pronto se levanta, con la ropa desgarrada y un cuerpo del que cuelgan todas sus vísceras. Gruñe, y el soldado que ha irrumpido en la casa dispara a bocajarro. Pero las balas parecen fundirse en una masa indefinible de carne, músculo y sangre. El cuerpo del hombre se transforma. Espantosas garras se engendran en sus hombros. Su pecho se abre, y de él emergen dientes. De su cabeza abultada salen unas cosas que se enroscan y estrangulan al soldado ante las llamas cegadoras que crepitan furiosas. 

El monstruo ruge, y en el exterior un trueno brama con ira entre la lluvia que arrecia. Coge el cuerpo del soldado y lo desgarra. El ruido del crujir de huesos y de masticar carne provoca temblores a Ezequiel, que ahora vomita notando que pierde la conciencia. Pero combate en el suelo esa cosa que lo ha infectado. Su cuerpo se convulsiona mientras llegan dos soldados más. Disparan, y de sus gargantas son arrancados los gritos más extremos. El monstruo muta cada vez que devora a uno de ellos, y ahora su cuerpo está hinchado. Sus patas le impulsan entre la salvaje lluvia encima del Akura. La suspensión cede y el 4x4 cae con violencia. Se encharca el suelo, las llamas crepitan. Y entre las nubes se encienden rayos enfermizos que crujen como si el cielo estuviese reventando.

Hay otro todoterreno, sus focos ciegan a la bestia, y de él dos soldados le disparan con armamento pesado. Una garra atraviesa el estómago de uno de ellos. El otro logra esquivarla tirándose al suelo. Activa un mensaje de socorro a la central. «Hay que limpiar la zona. Un brote del virus se ha descontrolado.» Y en su auricular escucha: «Un minuto y catorce segundos para la llegada del caza.»
Se levanta, y con su lanzagranadas dispara contra la criatura. De su torso destrozado emergen los intestinos, como si fuesen culebras, se enroscan en las piernas del soldado, quién vuelve a disparar. El ruido atronador de las granadas coincide de pronto con un grito dentro de la casa, el rugir del monstruo, el retumbar de la tormenta y un rayo fulminante que cae en picado sobre el ser cuando éste levanta los brazos destrozando al soldado. Y aun carbonizado, el cuerpo de ese engendro innombrable se debate entre la vida y la muerte. Pero lentamente se deja caer, y bajo esa horrenda masa el Akura chirría siendo aplastado.

El cuerpo del soldado sale despedido y cae varios metros detrás de la casa, empalado en el tronco de un árbol partido por un rayo. Las ondas sonoras de su auricular rebotan en un tímpano sin vida: «El caza llega a la zona. Tiempo para el lanzamiento del misil de implosión: seis segundos.» «Seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…»

Una aeronave cruza el cielo a una velocidad infernal, libera un destello, un misil se desvía de la trayectoria dejando una cola de fuego y humo. Ezequiel se levanta. Su organismo se ha adaptado al Virus D con una perfección nunca vista. El genoma de su cuerpo ha mutado. Con sus sentidos amplificados identifica lo que acaba de lanzar el caza. Calcula la trayectoria de huida. Sus piernas le impulsan con un vigor inaudito. Atraviesa la pared como si fuese papel. Los árboles que se cruzan en su camino no son obstáculo para su agilidad mejorada. La visión nocturna le permite verlo todo con una claridad inaudita. 

Entonces se desprende por un barranco. El proyectil cae en la casa. Una explosión muda desintegra la zona. Ezequiel aterriza en el suelo produciendo un agujero y haciendo estallar las piedras. En las alturas se ha hecho el silencio. En la central dan por eliminado el brote del virus. Ezequiel sonríe para sí mismo y emprende el trote como un nuevo y formidable ser.

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