El ser caído del cielo

Es extremadamente probable que cada uno de nosotros, al menos una vez en la vida, se haya visto involucrado en un accidente dramático e injurioso, un accidente que haya marcado su vida por un periodo limitado de tiempo o, quizá, más aún, hasta el resto de sus días. Digo que es extremadamente probable ya que la vida es caótica y veloz, y no da tiempo a tregua. Los humanos llevamos un ritmo frenético. Nos relacionamos continuamente, nos mezclamos y no paramos de entrecruzarnos en una infinidad laberíntica de ríos de corrientes dispersas.

Por eso, sin poder evitarlo, nos vemos arrojados inexorablemente a la creciente posibilidad de vernos involucrados en un choque de mareas, en el estallido de las olas, en la bravura de un salto de agua y en el chapoteo de su ágil caída que mezcla un sinfín de gotas centelleantes.

Y no es hasta cuando estamos en el ojo del huracán, cuando el gran lobo marino se nos lanza encima, rugiendo con la furia de un tsunami; que nos damos cuenta de lo que nos está sucediendo, que entendemos —aunque no del todo— que el devenir del espacio y del tiempo —y de nuestro destino— nos están lanzando hacia un punto de inflexión cuya fuerza propulsora no conocemos hacia donde nos empujará.

Puede ser un lanzamiento más fuerte y lejano, o quizá más suave; pero todos, sin excepción, vamos a caer tal como Hipólito cayó en el devenir de los accidentes de su vida. Accidentes que se pueden suceder en cadena, accidentes que se traducirán en cambios quizá poco importantes, en pequeñas mutaciones del curso natural de los sucesos, pero que todas estas mutaciones juntas, a fin de cuentas, serán el motivo de grandes cambios.

Aunque no es en concreto el cambio después de un accidente lo que enfoca esta cuestión. 

De un accidente pueden determinarse tres partes bien distintas, independientes y únicas, que podrán tener cabida en un mismo accidente o, por el contrario, cada una de ellas determinar y dar forma a la idea que entendemos por accidente, cada parte dará lugar a un accidente singular. 

Estas tres partes son: el cambio, el daño físico y, por último, y lo más interesante, la huella.

¿Qué podemos entender por “la huella”?

Todos sabemos que lo más impactante y lo que más nos aflige, nos afecta; no es lo físico, lo carnal, lo orgánico. Sabemos, somos conscientes que es el dolor emocional lo que nos da más miedo, el dolor psíquico.

Sentimos pánico ante la idea de tener que soportar un recuerdo traumático toda la vida, de que la mente lo guarda todo, lo registra todo. Y que después de un accidente eventual, que después de una dolencia física que seguramente se irá con el tiempo, seguirá quedando un dolor más hondo y profundo, un dolor que trascenderá todo lo orgánico, el tiempo, el espacio, las terapias o los medicamentos. Un dolor que se enquistará en tu mente para el resto de tus días. 

Es esta, precisamente, la idea que pretendo tratar. Esta huella, este hito que deja una marca, desde un pequeña muesca hasta un quiste inextirpable, en nuestra memoria y también, obviamente, en el lugar físico donde se propició el accidente. Pues el lugar donde sucede todo accidente es tan importante que sólo él mismo puede provocar el origen de leyendas, o de supersticiones.

Este es el caso de una leyenda con tanta controversia como los vericuetos más oscuros y extraños que la ciencia aún apenas llega a vislumbrar… 

Se ve que todo sucedió a escasos quilómetros de la ciudad portuaria de Vigo. 

Opulentos bosques crecen en sus alrededores, bosques frondosos que configuran su simetría y mantienen ocultos misteriosos parajes. 

Fue en uno de ellos donde sucedió. En medio de una oscura y fría noche. El cielo estaba apagado. Las estrellas, ocultas por taciturnas nubes que auguraban tormenta, se ocultaban en el espacio exterior, renegando de todo el legado poético que les hemos dedicado.

Sólo una luz vacilante, que parecía diluirse por el ambiente, como un líquido sobre una fina película; se distinguía flotando entre los árboles y la espesura exuberante de la flora gallega. Su tono rojizo imprimía una sensación de alarma en el entorno, pero no por el color, o su artificialidad más que notoria, sino por la manera en que se dilataba y se expandía, como simulando los latidos del corazón de un animal moribundo.

La luz crecía y crecía a base de sacudidas, que iban acrecentando poco a poco su fulgor. Era extraño notar cómo se dispersaba de una forma totalmente abstracta, sin coherencia alguna, sin una pauta o una norma física.

En el retrovisor de un flamante coche deportivo una chica pudo ver esa luz, brotando fantasmalmente desde el interior del bosque. Frenó poco a poco, con precaución, sintiendo que sólo al contemplarla sus ánimos eran invadidos por una especie de angustia.

Muchos otros coches se fueron parando detrás de ella, quedándose sin tripulantes ante la escena de decenas de personas caminando como conjuradas, maravilladas de alguna forma, pero también atemorizadas, hacia la luz que brotaba a jirones, formando brazos luminosos que iban rodeando a la creciente congregación de conductores y conductoras que se paraban ante ese espectáculo.

No se sabe porque entraron todos, sin excepción, todos y cada uno de ellos, en el bosque. Pero por muy atrayente y maravilloso que pueda ser un reclamo, siempre hay una parte, por mayor o menor que sea, de discrepancia, de desacuerdo, incluso de advertencia. Y de entre todas esas personas alguien debería haber sentido esa alarma, el miedo en su corazón que le obligase a irse de ahí, a volver al coche y huir con una sensación de desasosiego y de temor.

Pero nadie se fue.

Todos entraron en el bosque, seducidos por esa luz vertebrada que se movía, se contorsionaba y flexionaba toda su masa en un incesante baile de esponjosidad reptiliana.

Las ramas y las hojas secas, destinadas a desintegrarse en el suelo, crujían bajo las pisadas de la sorprendida expedición que se adentraba en el bosque, con curiosidad, temerosamente y sin ningún tipo de precaución.

No se daban cuenta que ahí enfrente, a escasos metros de donde estaban, algo antinatural, algo espantoso, les estaba llamando con el insano espectáculo que sólo el veneno de los alucinantes hongos de Dionisio sería capaz de mostrar a la mente humana.

Y así, seducidos, alucinados y embelesados, fueron llegando uno a uno hacia el interior de un claro donde esa luz rojiza era omnipresente y ni una sola sombra osaba plantarle clara.

Estaban todos tan maravillados, pisando ese rojo terreno que parecía un gigantesco grano irritado a punto de la erupción, que no se dieron cuenta, hasta que fue demasiado tarde, de un extraño olor que confundieron con el de animales muertos, de un zumbido que producían miles de alas rozándose, de la cólera de las nerviosas llamas que crepitaban por todos lados, del fuego abrasador que quemaba los árboles o de las enormes e inexplicables grietas que se abrían por todos lados.

Sus sentidos no podían fijarse en eso, pues todos ellos estaban poseídos por algo contra lo que nadie, ni la mente más entrenada y fuerte, podría luchar.

Ahí en medio, rodeado de llamas, había un artefacto cuya construcción la ciencia humana no podría resolver. Era una máquina que se adivinaba incomprensible y extremadamente avanzada y compleja, pero, a la vez, simple como su misma voluntad, y como su engaño... Pues en una parte bien visible de su figura, resaltaba, con un aviso intermitente, la existencia de un mecanismo que cualquier ser humano podía identificar, con total claridad, como una palanca. Y a su alrededor, por toda su superficie lisa y perfecta emanaba esa luz sardónica, cuales tentáculos cazadores de un kraken quimérico.

Pero lo más espantoso era lo que habitaba en su interior…

Era un ser increíblemente estrafalario, algo que desafiaba los límites de la realidad. Ni la imaginación más morbosa o los más negros instintos humanos representaban nada en comparación a eso. A su lado toda invención mortal era apenas una fábula inocente. Todas las palabras del mundo, toda la literatura, era una mera insinuación. Ni la historia mitológica más cruda y visceral de nuestro mundo nos podría haber preparado para ese momento…

Pero ellos creyeron estar listos, y tiraron de esa palanca. 

Si no lo hubiesen hecho, quizá, ahora, sus coches aún tendrían tripulantes…

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