La revelación de Atenea

La mayoría de las veces, si esas grandes historias han ocupado un hueco en la memoria de los hombres desde el inicio de los tiempos, ha sido porque en ellas radicaba, latiendo con intensidad, un sentimiento profundo y poderoso. Hablo del odio, en efecto, esa pugna contenida que golpea bajo nuestro pecho. Pero estamos tan sometidos a la opinión de nuestros semejantes, que lo único que nos importa es ser bien vistos, por eso maquillamos nuestras vidas y nuestras historias, y a menudo disfrazamos estos sentimientos pendencieros, nuestra propia naturaleza, con una bonita historia de amor. Por eso, para ilustrar este disparate –seguro que muchos pensarán tal cosa–, contaré la historia de Atenea, esa mujer ya madura y sabia, que con sus engaños y tretas, manipuló al joven e iluso Perseo para que fuese su verdugo perpetuando un horrible crimen:

Atenea era una mujer envidiosa y no consentía que otra mujer le hiciera sombra. Y como Aracne, esa magnífica artesana costurera a quien embaucó una vez para que trabajara bajo sus órdenes, como un mísero peón, en la planta de fábrica y vigilada atentamente por sus lugartenientes; empezó a tejer sin descanso un plan para destruir la vida de otra mujer que había arribado recientemente a la ciudad de Atenas y cuya belleza era el tema de todas las conversaciones.

Así que, un día, tras una agonizante llamada de ayuda, la joven y preciosa Medusa fue llevada con urgencia al hospital, entre gritos lastimosos y lloriqueos, sufriendo del dolor producido por unas horribles quemaduras en el rostro. 

La antes preciosa Medusa, mujer por la que todo hombre suspiraba, musa de cualquier artista; se tornó en el objeto de la burla y el desprecio, en un monstruo desfigurado cuyo rostro y mirada producían horror y parálisis a los hombres. Así que, sumida en una profunda tristeza, se recluyó en sus aposentos y nunca más volvió a salir a plena luz del día.

Y aun con tamaña desgracia, no contenta la víbora con el resultado de su odiosa artimaña, quiso aún hacerle más daño a la pobre muchacha cuyos cabellos antes lustrosos y acicalados, ahora se habían convertido en greñas enmarañadas cuyos contornos recordaban a lánguidas serpientes.

Así que la muy puerca, esa execrable mala pécora, sedujo al joven e iluso Perseo para que terminara el trabajo con Medusa. Y él, subyugado al poder de una madurita cincuentona de pechos turgentes cuyo canalillo, cual río Estigio, creaba como una maldición las fantasías más impúdicas; no pudo sino postrarse a sus órdenes y correr raudo, con sus nuevas Nike decoradas con unos brillantes estampados de alas doradas, hacia el sombrío apartamento que ocultaba a la monstruosa Medusa.

Atenea, satisfecha con su cruel ardid, se recostó cómodamente en el sofá mientras los primeros destellos lunares incidían espectralmente en los frígidos dientes de su sonrisa mordaz. Los sueños balancearon su mente llena de veneno, y durante unas horas, durmió en silencio.

En el exterior la luna caía, lanzando a través de los cristales muertos, unos destellos de su giba garfiosa que acariciaban el rostro de Atenea y resplandecían en sus colmillos, mostrándose en un rictus maquiavélico. Entonces, una sombra se cruzó en su cuerpo, y Atenea, desvelada por la repentina aparición, se levantó esperando a recibir las buenas.

Pero qué irónicos son los entresijos de toda argucia cuando lo único que engendra el odio es más odio. Frente a ella estaba Perseo mostrándole un espejo. Y ella se miró en él. Y ella vio el horror en él. Y ella vio la detestable criatura reflejada en él. Y ella vio el manto oscuro de la noche y una hoz mortífera y brillante en él. Y ella vio a Medusa que aparecía en él. Y ella vio esa hoz y ese primer hilillo de sangre resbalando por su cuello en él. Y ella vio la roja acritud de la muerte en él.

Pero qué irónicos son los entresijos de toda argucia cuando lo único que engendra el odio es más odio. Atenea se creía la más lista y pensaba que el daño que ella hacía nunca le sería devuelto. Pero de esa mujer que ella pensó haber transformado en monstruo vino un castigo solemne, casi ceremonial. Y entonces ella se vio reflejada y reconoció al verdadero monstruo.
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