En la boca

La escena del crimen apesta. Me han llamado a primera hora de la mañana. Otro asesinato. Y para colmo esta noche he dormido fatal. Me siento sucia, cansada y lenta. Me ato el pelo en una cola de caballo y enciendo un cigarrillo. Cierro la puerta a mis espaldas.

La penumbra juega con los rayos del sol, que se cuelan entre las rejillas de la persiana y se proyectan en el suelo como un maldito código de barras pasado de fecha. Me duelen las retinas. La luz es demasiado intensa en contraste con la oscuridad de este apartamento, y el humo del cigarro que se consume entre mis dedos me nubla la visión. El crepitar suena pausado y mortecino, pero en el exterior el tráfico bulle, los motores rugen y el estridente pitido de algún coche ataca mis oídos. Una de mis manos se lanza a mi cabeza. Siento un escozor. Qué extraño. Me mareo. Y al tratar de recordar lo sucedido la pasada noche, aún siento más punzadas en el cerebro.

Doy una última calada al cigarrillo y busco una silla para sentarme. Me gusta dejar las piernas entreabiertas. Es una mezcla de pereza y morbo. Varias pavesas flotan en el aire hasta morir en cenizas cuando lanzo el cigarrillo. Suspiro. La cabeza aún me duele, pero el escozor de la mano es peor cuando acaricio un bolsillo de los vaqueros buscando una bolsita de plástico. El vendaje me molesta y no consigo recordar qué hice esta pasada noche. Qué horror. El cadáver huele fatal, a meados, y a muerte.

Me cubro la otra mano con la bolsita de plástico y lo examino. Parece haber sido apaleado. Tiene moratones en la cara, y la boca se muestra desencajada. Se la abro, y qué coño. Es un dedo clavado en sus dientes. El dolor en mi mano vendada se intensifica, y entonces llega el forense.

-¿Ha encontrado alguna pista, detective?

De pronto siento la necesidad de quitarme el vendaje, un dedo me duele demasiado. Parpadeo rápido, de pronto recuerdo. Levanto la vista hacia el forense. Acabo de resolver el caso, pero no se lo voy a contar. Le sonrío y niego con la cabeza. 
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