ÉL

Basado en el relato homónimo de H.P.Lovecraft.

Le vi una noche de insomnio, mientras paseaba desesperado por salvar mi alma atormentada. Esos laberintos de antiguas callejuelas me llevaron hasta ÉL, serpenteando sin final entre patios olvidados y calles escondidas que conducían hacia las modernas torres ciclópeas y los babilónicos pináculos que se yerguen tenebrosos e imponentes bajo las lunas menguantes.

ÉL reinaba en ese paraíso de maravillas negras, cual Carcasona, Samarcanda o El Dorado, con toda la gloria y pompa de las ciudades de fábula. Me dijeron, que de esa ciudad crepuscular preñada de luces parpadeantes él era un rey, un faraón, el tzar e incluso un Dios. Y ahí le vi, erguido en medio de la muchedumbre, en una avenida que se perdía en el infinito, desde donde llegaban los jadeos lujuriosos de una multitud de gargantas y una babel de gritos, de risas y de palabras de júbilo.

Me maravilló a la vez que me asqueó toda esa procesión de rostros foráneos y aceitunados, que saltaban y brincaban con furia dionisíaca. Me asaltó el miedo a lo desconocido y a lo atávico, y por un momento creí ver cosas más antiguas que la taciturna Tiro o la contemplativa Esfinge.

En medio de esos rostros cetrinos, ÉL parecía un Dios todopoderoso que rezumaba energía e irradiaba un aura iridiscente de latente poder.

Fui a buscarlo abriéndome paso con frenética intensidad a través de esas gentes mestizas. Una vez me tropecé con uno de ellos, y su infernal cacofonía me rodeó como una pesadilla. Por un momento me vi atrapado en una bacanal de gritos enloquecedores y alaridos demenciales, cánticos estremecedores e infernales miradas llenas de pavor sobrenatural. Me vi envuelto en una repulsiva barahúnda, y durante los cinco minutos siguientes el tumulto que se produjo fue indescriptible.

Cuando logré salir de esa pesadilla, un destello de luz brilló al caer verticalmente por primera vez sobre las tercas farolas de la calle. La luna, ahora en su cénit, asomaba ancestral y misteriosa, y derramaba por encima de acantilados de grises muros, una luz espectral que bañaba esas hileras de cottages de estilo holandés. Y en ese preciso momento, cuando aun no había salido de mi estupefacto, su mano se posó suavemente en mi hombro, y su ágil lengua cantó muy cerca de mi oído palabras de indescifrable cadencia y ancestral sonoridad. Me indicó con un gesto que lo siguiera, y no dudé un instante.

Me condujo a través de vetustos y olvidados barrios donde existían callejuelas y rincones que no figuraban en los mapas. Los edificios eran tan antiguos que si os digo que en mi imaginación se dibujaban imágenes más extrañas que las visiones de las remotas eras antediluvianas, no estaría exagerando en absoluto. Pues esas piedras negras que se incrustaban en las fachadas traían recuerdos más antiguos de lo que mi memoria podía llegar a rescatar, y transmitían sensaciones tan remotas y tan atávicas como los mismos cimientos subterráneos de la gran metrópoli.

De pronto, me llamó la atención una cúpula negra bizantina rodeada de las copas de unos árboles que se balanceaban contra la vaga luminosidad del cielo. Las sombras que se dibujaban se alargaban hasta puntos inimaginables, y mi mente corría a través de ellas, hacia senderos imposibles de sondear para las mentes vociferantes que jamás han levantado el vuelo de a ras de suelo.

Entonces cruzamos un jardín oscuro y llegamos al umbral de la entrada. Abrió una pesada puerta y atravesamos el arco hacia el interior de la estancia. Le seguí hasta un segundo piso que era, ni más ni menos, que una amplia biblioteca. Nada más atravesar la puerta se llevó el dedo a la boca, indicándome que hablara bajo. Me señaló amablemente una silla donde sentarme, mientras cerraba la puerta apresuradamente. Luego le vi correr las cortinas de las pequeñas ventanas; acto seguido se dirigió hacia la chimenea, donde apiló un montón de leña, encendió un fuego y de nuevo me hizo un gesto para que hablara bajo.

De pronto empezó a hablar, y de nuevo escuché su voz, arcaica y ancestral, sembrada de misteriosos secretos. Me dijo que ya se había fijado en mí varios días antes de que llegara a la ciudad, y que llevaba siguiendo mis pasos desde un prolongado tiempo. Me estremecí ante las palabras del hombre, y le pregunté cómo podía conocerme si nunca nos habíamos visto. Entonces en su boca se dibujó una sonrisa sagaz y pícara, pero por alguna razón esa descollante mueca me produjo un escalofrío imposible de describir con palabras.

Me respondió que ÉL no era como yo, que no era ni humano ni mortal, y que vivía a través de los incontables evos de eternidad. Me contó muchas historias, pasadas y futuras; y que ÉL reina en este mundo, como ha reinado en muchos otros.

Y al oírle /hablar durante horas de una manera tan familiar y tan natural en una lengua de otro tiempo, me estremecí y me horroricé al pensar en la naturaleza de sus palabras sardónicas.

Por este mismo motivo, me siguió explicando, que le costaba relacionarse con los mortales y hablarles de cosas que no entenderían, pero que al conocerme a mí y al ver la manera con la cual admiraba lo antiguo y lo ancestral, se dio cuenta de que podría enseñarme a ver más allá del velo de humo ideado por nuestra inteligencia y que no nos deja ver el mundo como es realmente.

Entonces mi anfitrión me tomó de la mano y me llevó a una de las ventanas. Mientras, con la otra mano, descorrió las amarillas cortinas de seda y me hizo dirigir la mirada hacia la oscuridad exterior. No vi nada, excepto en la lejanía, una miríada de lucecitas vacilantes que brillaban en una latente procesión.

Luego, como en respuesta a un movimiento insidioso en la mano de mi anfitrión, estalló un relámpago que iluminó todo el escenario, y me descubrí mirando sobre un mar de lujuriante vegetación. Frente a mí, observé un centelleo malsano de unas marismas inmensas perladas de inquietas luciérnagas.

El resplandor murió, y una sonrisa maligna iluminó el rostro cerúleo del Dios mundano. Me estremecí hasta tal punto que mi cuerpo fue invadido por temblores, y entonces mi anfitrión volvió a hablar:
—Eso fue antes de mis tiempos. Ni un Dios de la Tierra como yo ha caminado por los impíos senderos de Los Otros, y no me aventuraría jamás a desafiarlos. No te avergüences por sentir miedo, incluso yo he llegado a horrorizarme ante los secretos del ignoto vacío exterior, ante el terror cósmico de los espacios infinitos…
—¿Podría… se atrevería… a ir aun más lejos? —dije atemorizado.
—¿Ir aun más lejos? —siseó ÉL con despreció, ese Dios de lo mundano —¡Lo que yo he contemplado le convertiría a usted en una estatua de piedra! Atrás, muy atrás… y adelante, también hacia delante… ¡Mire, estúpido gallina!

Y mientras esas blasfemas palabras me taladraban en mis adentros, vi otra vez ese gesto insidioso y el resplandor aun más cegador en el horizonte.

El horror que contemplé entonces es imposible de describir con palabras humanas. Durante escasos segundos que me parecieron eternos contemplé una escena que siempre atormentará mis sueños. Vi unos cielos que hervían de extraños seres voladores y, debajo, una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, obscenas pirámides que se erguían salvajemente hasta la luna, e incontables ventanas de las que manaba una luminosidad demoníaca. Era el Pandemonio del reino de Satanás, donde miles de seres amarillos pululaban en enjambres por unas nauseabundas galerías aéreas.

De las chimeneas de roca y hierro salían despedidos unos humos nauseabundos que se pintaban con las tonalidades rojizas de un mar de sangre… Las llamas del Hades asomaban entre unas grietas elefantinas que se abrían por doquier, tiñendo todo mi rostro del color de la muerte goteante… Y con el rostro perlado de sudor y desencajado por el horror, no pude evitar temblar… Temblar incontroladamente mientras mi cabeza se perdía en la oscuridad de los límites horrendos de un mundo apocalíptico.

Y olvidando que debía permanecer en silencio, grité y grité y grité…

Entonces el resplandor se desvaneció, vi que mi anfitrión también temblaba, y que una mirada de miedo lacerante casi borraba de su rostro la deformada expresión de rabia que le habían provocado mis gritos.

Se tambaleó a trompicones hacia mí, con una expresión de odio y de malicia que me helaron la sangre…

—Maldito seas… tú… ¡perro escandaloso…! —gritó con una voz impía entre escupitajos de malicia inmortal —¡Tú les has llamado…!

Me pareció que los latidos de mi corazón cesaran… Todo calló. Los ladridos enfurecidos de su voz sepulcral e impía llenaban la estancia. Su rostro enfurecido se había convertido en un galimatías perverso que mezclaba las peores felonías humanas y más depravadas intenciones del monstruo que tenía delante.

Me dirigí a trompicones hacia un extremo de la habitación, tratando de huir de esa pesadilla viviente, pero tropecé con algo y caí de espaldas contra el suelo mohoso y húmedo que crujió al recibir mi impacto. Él se lanzó con rabia contra mí, y me tiró encima una de sus zarpas envenenadas desgarrándome las ropas del pecho y abriéndome la carne con una terrible herida.

Su garra ponzoñosa de buitre volvió a caer varias veces sobre mí, y casi no pude defenderme contra ese ataque de locura.

Por un momento perdí la noción del espacio y del tiempo y me vi ahogado en un mar de roja muerte.

Qué fue lo que pasó por encima de mí cuando conseguí abrir la puerta y despeñarme vertiginosamente a través del hueco de las escaleras, nunca lo sabré. Lo que sí sé es que esos gritos infernales de ese ser que imitaba ser un Dios fueron acallados por algo superior a ÉL, por alguna monstruosa entidad que devoró el mal impío de esa quejumbrosa existencia.


El hombre que me encontró, siguiendo el rastro de sangre, me llevó al hospital más cercano, donde me he recuperado de mis heridas. Jamás he vuelto a esa ciudad ciclópea y jamás volveré a hollar en las inescrutables marismas del oscuro pasado.
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