El vuelo de la Diosa

Para Sandra, la Diosa erótica que mece mis sueños.

“Cariño, esta noche vas a volar…” fueron las primeras palabras que salieron de su boca, acompañadas de un aliento intenso y azucarado. Ante esa afirmación cualquier persona hubiese podido interpretar dos cosas muy distintas: por un lado la toma de drogas o setas alucinógenas, y por el otro que sus palabras fueran simplemente un eufemismo de que me lo iba a hacer pasar muy bien…

Esta segunda idea me animó.

Al darle los dos besos de bienvenida rodeé su cintura con fuerza, mostrando un poco mis músculos, para impresionarla. La acerqué a mi cuerpo, ofreciéndole el contacto de nuestros contornos. Una de sus piernas se arqueó ligeramente, levantándose por encima de mi cintura y subiendo su pelvis hacia mi sexo, frotándose con él, mientras sus labios reseguían mi cuello y su perfume invadía mis fosas nasales.

Su pelo, vestido de noche y engalanado por una fresca luz, se enredó entre mis dedos mientras le acariciaba el cuello; sus glúteos llenaron mi otra mano y mi miembro se encabritó y se puso duro como el acero, sacando chispas con las rozaduras que la pelvis de Sandra le estaba trazando, como si fuese una herrera poco precavida afilando una espada, o una morbosa profesora enseñándome a sacar punta a mi lápiz.

Sentí sus pezones clavarse en mi pecho, todo el peso de sus senos volcarse sobre mí, ríos de lava correr por mi vientre y subir con furia hacia el glande. Su mano acarició entonces mi pene, como sabiendo lo que me estaba sucediendo. Rascó fuerte con las uñas, para que sintiera esa fuerte fricción por todo el lomo de mi miembro.

Mis manos se lanzaron hambrientas hacia sus pechos, remarcados bajo una fina tela que se abría bajo la presión de ese volumen que quitaba el habla y atrapaba cualquier mirada. Esos melones de ensueño sobrepasaban mis manos. Su blanda esponjosidad se amoldó a mis dedos, dibujando unos contornos que parecían el molde perfecto para mis manos, como si esos senos hubiesen sido siempre el destino final de una caprichosa búsqueda.

Entonces me fijé en el símbolo de infinidad que se dibujaba en su terso busto, y que realzaba aún más el tamaño de sus frutas. Esa visión me maravilló y me hizo soñar con dos gotas del líquido de la ambrosía, o quizá eran dos lágrimas de la abstraída Atenea lo que imaginaba mi mente, alucinada.

Me encabrité, sentí un respingo bajo mis pantalones. Su mano se cebó con fuerza, apretando con ira mi polla. Estaba a punto de lanzarme a su cuello cuando hizo un movimiento agresivo contra mi miembro. Bajó salvajemente, tensando la piel y tirando con ella de mi glande, que gritó casi instantáneamente, abriendo su boca con movimientos espasmódicos, como si quisiera escupir algo.

Su otra mano se cebó más abajo, y apretó con fuerza.

-Aún no ha llegado la hora… -me susurró al oído.

El río de blanca espuma se contuvo, encontró una fuerza opositora que le prohibía el paso. Se retiró lánguidamente hacia su cubil. Y el calor que me había empezado a sofocar también se fue apagando, poco a poco, dejando como único testimonio el sudor que corría a esconderse. El habla también volvió, cuando el bombear impulsivo de los pulmones decidió permitírselo.

-Todo llegará, cariño. Ahora, sígueme… -volvió a susurrar, lamiéndome por un instante el lóbulo de la oreja.
Seguí sus pasos, elegantes, que avanzaban trazando serpentinas en el suelo. Sus esbeltas piernas, finas y tostadas como galletas, se entrecruzaban sinuosamente, acariciándose en un baile de cómplices acordes. Los tacones producían sonidos opacos con el suelo, que se diseminaban alrededor de mis oídos, como fuegos artificiales o martilleos invisibles. Sus nalgas se dibujaban con contornos lisos y uniformes. Sólo en su vestido se trazaban algunas arrugas y pliegues, que daban una agradable sensación de ágiles movimientos, como los de una brisa de aire.

En unos segundos llegamos a un comedor de diseño, que mostraba colores cálidos y de carácter pasional. Figuras geométricas que se posicionaban en sugerentes formaciones, como el pelotón de una centuria romana o de los valientes argonautas. Los muebles entonaban a la perfección la misma música, y se adivinaban fuertes y firmes como la arquitectura general de la casa.

En el centro reposaba una mesa, con aire impertérrito y rodeada de un seguro silencio, en calma. Las sillas que la flanqueaban lucían el mismo color rojizo de la madera de cedro. También había varios jarrones de flores blancas y amarillas encima de mesillas laterales y de un gran armario central, que salpicaban la estancia con un contraste claro y definido.

Pero lo que más captó mi atención fue el enorme sofá aterciopelado que se encaraba con aire grandilocuente hacia una espectacular vista que se abría a través de un ancho ventanal. Desde la oscuridad exterior tenía la certeza de que ese mirador también era bien visible para los transeúntes nocturnos.

Mi mente empezó a trazar fantasías, esbozando los movimientos obscenos de nuestras bruñidas siluetas ante las fortuitas miradas del anonimato exterior. Me mordí el labio inferior ante las insinuaciones de mi perverso espíritu y el gusto que éstas me producían. La imaginé a ella de espaldas a mí y con una rodilla apoyada en el sofá y las caderas ligeramente levantadas ofreciéndome su dulce vagina. Penetrarla sonoramente y observar sus trémulos glúteos vibrar al son de las embestidas. Cogerle los pechos arrancándole gritos de placer que ella lanzaría hacia el cielo.

E imaginándola gritar, ella avanzó por delante de mi mirada y se posó con las piernas entrecruzadas y los brazos totalmente abiertos ante ese mirador lleno de fantasías, apoyando su espalda en la reluciente y fresca superficie transparente. Sus manos parecían cisnes que danzaban, y sus labios, hermanos de los esponjosos cojines de ese sofá que también la observaba.

-¿En qué piensas? -me preguntó con un tono suave.
-En hacerte el amor encima del sofá, ante las miradas de la noche…

Ella sonrió y sus brazos empezaron a bajar, dibujando el ancho arco que trazarían las alas de un ángel. Con una mano se acarició los muslos, provocando que su falda, fina y reluciente, fiel cómplice de mis fantasías, subiera hasta acercarse al límite donde termina la cordura; y con la otra se frotó el cuello, en un gesto de disimulado placer.

Un gemido brotó de su boca, invitando a las palabras a volar detrás de él:

-Eres muy atrevido -dijo-, y morboso… -añadió degustando la palabra-, eso me gusta mucho…

Sus manos seguían haciendo su juego, incitándome a participar. Pero antes de que mi mente, demasiado sometida a esos encantos, pudiera decidirse por actuar; se movió hacia delante, inclinando primero el torso, como si sus voluminosos pechos y la gravedad la impulsaran, y se lanzó hacia mí con las manos preparadas para apresarme.

Como una gacela o una fiera tigresa, atrapó mi cuerpo y me tumbó al suelo. Sentada encima de mi pelvis la imagen recordaba a la de dos notas musicales compenetrándose en una partitura. Ella llevaba la batuta y yo estaba siendo totalmente poseído por una mujer que parecía ser la mismísima encarnación de esa descarada bruja del videojuego Bayonetta.

Levantó una mano hacia mi rostro, mientras una de sus piernas subía lentamente, modelando unos glúteos cuyas dimensiones y formas volverían loco al mismo Arquímedes. Sus pechos caían encima de mí como dos manzanas sagradas del jardín de Hera, y al mismo tiempo me quemaban como dos grandes bolas de lava que se moldeaban con los atributos del fuego líquido.

Y entonces, con la picardía de esas brujas de leyenda, pero también con la autoridad de una reina, resiguió mi barbilla con el dedo índice para luego acariciar mis labios.

-Pero eres muy impaciente, bomboncito… -susurró tranquilamente, dejando que su aliento fluyera antes de musitar ese último elogio-, todo llegará, mi amor. Me gustan los hombres tenaces, que saben ir paso a paso sin precipitarse, sabes -dijo, pronunciando las palabras al ritmo de las caricias serpenteantes que me hacía su dedo-, que los momentos estén salpicados por múltiples detalles y que el prisma de esta noche no sólo sea negro o rojo sexo, sino que tenga todos los colores y tantos matices que me pierda en ellos. ¿Entiendes? -preguntó-. Necesito perderme, vivir algo inaudito, algo diferente, algo que haga que me abandone al delirio… Y creo que tú eres diferente a los demás. Creo que tú puedes hacer que me abandone. Por eso, por favor, no seas impaciente.

A mis palabras les costó salir, mi respiración estaba contenida ante las potentes emociones que me influía Sandra. En ese momento, sintiendo su tierna carne encima de mí, su aliento, que era como oler un inmenso prado de petunias y dondiegos; la caricia de su dedo y su melódica voz, que en otros tiempos hubiese seducido a los más grandes imperios, al igual que la lira de Apolo sedujo al mismo alfabeto; me ruboricé y me sentí totalmente subyugado a esa maravillosa mujer que no era ni joven ni madura, ni inocente o cándida ni pervertida por los vicios; ni reservada y precavida ni atolondrada; sino que era todo ello a la vez.

-Ruego que me perdones, mi Reina -dije al fin-, no quise ser impertinente.
-Oh! No, no… -musitó ella-, no hay nada que perdonar, me gusta que seas osado, me gusta cómo eres. Pero precisamente por eso, porque sé cómo eres, espero mucho de ti…

Sentada sobre mí, y con ese vestido juguetón mostrando su tórrida lencería, esbozó una sonrisa subyugadora, y lo único que pude hacer yo fue abandonarme a sus encantos. Cuando se levantó yo la seguí como hipnotizado. La acompañé en esa velada de ensueño, siguiendo su juego, cortejándola despacio a medida que ella abría las puertas del amor, siendo su fiel cómplice en esa utopía caprichosa que sólo puede existir en las tierras que ella pisa.

Entonces, con paso elegante se dirigió hacia la mesa central. Su vestido volvió a bajar sinuosamente amoldándose a sus prietas carnes, como el envoltorio de un exquisito manjar relleno de voluptuosas curvas. Se sentó y la imagen de la cola de una maravillosa sirena vino a mi mente. Sus piernas, entrecruzadas en una sugerente forma triangular, enfatizaban aún más su estilo y su glamour; pues su cuerpo no era la típica figura de las grandes modelos atadas en los modernos clichés, en absoluto; su cuerpo poseía las cualidades más generosas, y lejos de ser frágil y primorosa, sus carnes ostentaban el volumen ideal.

Conversamos un buen rato de música y de literatura, del incipiente cine coreano y también de los insulsos y tristes remakes yanquis. Ella, recostada cómodamente frente a mí, hablaba serenamente, pero gesticulando a la vez con efusividad y con esa gracia que debería tener toda artista sobre el escenario.

Y fue en este momento, cuando esta cavilación pasó por mi mente, que Sandra se levantó para ofrecerme una bebida. Con un sólo dedo me mantuvo quieto en la silla cuando yo me ofrecía a ayudarla, para luego deleitarme en un baile de serpiente en su evocador caminar.

A su regreso, llevaba en cada mano una copa en forma de cuerno bárbaro. Se me antojó tan sorprendente, que no pude evitar de ver en mi mente imágenes de un pasado remoto. Me entregó una de esas copas con una sonrisa en los labios, y sin mediar palabra alguna, brindamos.

El cuerno era más grande que una jarra de cerveza germana, su forma recordaba al cuerno de una cabra, o al de un dragón mítico, y estaba hecha de un metal tibio.

Pero no sé qué fue más sorprendente, si la copa que la contenía o la bebida en sí misma. Pues cuando sorbí intrigado la dorada bebida de esa Cornucopia, mi alma fue asaltada por incontables sensaciones que anegaron mis sentidos. Sentí el dulce sabor de la miel y, como uno tras otro, multitud de trocitos de frutas se derretían en mi lengua. Primero saboreé la manzana, luego las uvas, primero blancas, luego negras y al final rosadas; continuó el sabor de un kiwi ligeramente picante para dar paso a la acidez de los limones; ésta fue contrarrestada con la melosa dulzura de las fresas para mezclarse entonces, todo ello, en una bacanal de plátanos y melocotones, piña y melón y un sinfín de impactantes cerezas que se fundían con las peras en una explosión de granuloso sabor.

Pero incluso hubo algo más sorprendente: siendo las frutas derretidas en mi boca y dentro de un recipiente tibio, la bebida era tan fresca como un cóctel tropical.

Me quedé abstraído un buen rato, divagando en pensamientos diluidos entre el mito y la leyenda. A mi cabeza venían imágenes fastuosas que estallaban en sabores impactantes y al rato se convertían en palabras que sonaban como confidencias musitadas al oído: Dionisio, Aquiles, Demofonte, Deméter, Tántalo, Fortuna, Amaltea y Zeus… Y todas ellas venían acompañadas con estallidos visuales, sonrisas, guiños y aplausos…

Mi rostro debía mostrar el éxtasis, porque entonces, Sandra se levantó con una Cornucopia en la mano y volvió a brindar conmigo, invadiendo con su ancha, brillante y colorida sonrisa las maravillosas imágenes que llenaban mi mente como una Babel de infinitos matices. Penetró en ellas como una conquistadora y se mezcló con la luz de una barca solar.

Me invitó a seguir bebiendo y así lo hice. Los sabores explotaban en mi boca como galaxias recién nacidas que se pintaban en su ancha frente como fuegos artificiales. Debajo de ellas dos universos infinitos brillaban con el vivo color de las almendras y sus largas pestañas reseguían unos pícaros pestañeos que me hacían alucinar. Su pelo negro empezó a ondear ante mi incrédula mirada y un viento imposible meció también mi melena, haciéndola levitar con descaro ante la eludida fuerza de la gravedad de la madre Gea.

Por un instante creí ver cosas que rozaban la locura y se adentraban en los dominios de la perversión. Cosas de las que si la cordura no te previniera te arrastrarían hacia el caos y el horror. Centauros y Sátiros que bailaban alrededor de una hoguera que proyectaba imágenes demenciales, entre las acordes notas de unos crótalos lascivos y flautas infernales. Y me sentí atraído hacia esos bailes. Y sentí que algo me empujaba. Y sentí que algo tiraba de mí. Y sentí una fuerza intrusa que me clavaba sus garras. Y también sentí a Sandra, que me cogía de las manos y tiraba de mí. Destruía las tinieblas y la monstruosidad de mis desvaríos; y me impulsaba hacia el exterior, hacia su mundo de milagros.

Me sonrió muy cerca del rostro, y sus jolgoriosos labios, junto con su graciosa nariz, redonda y satisfecha, me infundieron ganas de reír y abrazarla en un baile de juegos y cabriolas giratorias.

-¡Eres como una Diosa! –exclamé enajenado por los efectos de esa bebida.

Ella estalló en una sonora carcajada lanzando su cabeza hacia atrás. Su pecho subía y bajaba con ímpetu, haciendo bailar esos Melones de la ira entre el rojo encaje del escote. Todo su cuerpo vibraba como un volcán en erupción, siendo su risa, el estallido que partía horizontes.

Yo me incliné hacia ella alargando la mano hacia la suya. Al instante me embriagué con el olor de su aliento y mi mirada cayó en picado entre el trayecto húmedo que inspiraban sus pechos. Y volcando mi alma en las finas telas que cubrían su sexo, lancé palabras caprichosas en forma de saetas. Acaricié su mano, deslicé la caricia con la yema de los dedos por encima de su blanca piel, llegué a su cuello y tracé serpentinas y círculos viciosos. Masajeé su nuca al ritmo de los latidos del corazón. Y cuando me disponía a jugar con el lóbulo de su oreja, ella lanzó un gemido profundo y cerró los ojos. Entonces mi mano bajó aferrada por su cuello, como un escalador que desciende, y conquistando su cuerpo, se posó abierta e inquisidora sobre sus pechos. Los acaricié con ternura, intentando no apartar la tela que los guardaba, captando cada convulsión, cada agitación de su pecho y su cada vez más profundo e intenso respirar.

Ella se abandonó deslizándose hacia una postura que tensó su vestido. Los pechos parecían querer salir, la tela se pegaba en ellos con la sutil humedad del sudor, y bajo el tejido carmesí la punta de los pezones se remarcaba con fuerza. Entonces abrió una pierna con aire descuidado, haciendo que la falda se desplazase aún más mostrando las esbeltas líneas de su nalga tensada en la que cada músculo comunicaba hacia su sexo tapado por una fina capa de tela húmeda.

Entonces, el temblor de mis manos casi derrama el dorado líquido de mi bebida. Lo sorbí cerrando los ojos, tratando de calmarme. Sentí el eco de los latidos de mi corazón propagarse por todo mi cuerpo. Hasta podía escuchar el bombeo de la sangre que corría enajenada por mis venas.

Tragándome el último sorbo no podía dejar de pensar en su coñito ya mojado y en el líquido que se le derramaba discretamente. El cuerno quedó vacío cuando lo separé de mis labios, y mi boca, bañada por el dorado néctar, no pudo contener la ansiedad y se le escapó un poco de bebida, que se escurrió bajando por mi barbilla y mojando mi cuello.

Dejé el cuerno sobre la mesa y le susurré palabras libidinosas muy cerca de su oído. Ella hizo lo mismo, pero no sé porque, no entendí lo que me decía. Me pareció que hablaba otro idioma.

La miré extrañado, pero la duda sólo duró el tiempo en terminarse su bebida. Dejó el cuerno sobre la mesa y gimió, llevándose una de sus manos, juguetona, hacia el interior de sus piernas. Se acarició el muslo para luego apretarlo con fuerza, cogida a su parte inferior, apretando fuerte. Vi sus dedos largos, de uñas afiladas, remarcarse en la carne de su muslo. La otra mano siguió el juego, pero sus dedos llegaron hasta su vagina. La acariciaron desde el exterior, sin destaparla de las finas braguitas cuyo color se había intensificado y oscurecido en cuestión de segundos.

No pude esperar más. Me arrodille ante ella y posé mis manos sobre sus nalgas. Las reseguí con veneración, hasta que una de mis manos se encontró con una de las suyas. Al instante sus dedos se relajaron y se abrieron, poniéndose encima de los míos, mientras su otra mano iba masajeando su vagina mojada.

Entonces acerqué mi rostro a su pelvis, recibiendo una arremetida de dulces olores. Eran tan intensos que casi se convertían en sabores. Me froté en su mano ya mojada y en su pelvis lúbrica, sobre la tela de sus braguitas y contra sus nalgas aprisionadoras. Ella dejó de acariciarse y posó su mano en mi cabeza. Los líquidos untaron mi pelo mientras ella jugaba con él. Yo me encaré hacia su vagina, que palpitaba bajo la lencería, y empecé a besarla suavemente, como si musitara palabras tiernas. Y al son de cada beso mi lengua iba saliendo y excitándose cada vez más. Terminé por lamerle las bragas y sacárselas con los dientes. Su coñito mojado ahora se abría ante mí, mostrando su roja carne desprovista de cualquier barrera o cobertura. Lamí degustando cada sabor y textura, lamí moviendo la lengua frenéticamente, trazando giros y dando aleteos que producían sonidos esponjosos entre las membranas de su sexo.

Sentí sus manos afiladas casi clavarse en mi cabeza cuando empecé a moverla arriba y abajo, impulsando mi lengua con más vigor dentro de su vagina. Ella gemía con descaro, dejándose llevar por los efectos de un orgasmo. Y entonces llegó la blanca corrida a mi boca. Noté como se arqueaba y subía su pelvis. Yo la acaricié, deslizando mi mano por debajo de su vestido hasta posarla sobre uno de sus pechos. Mi otra mano la cogió por la cintura sujetándola con fuerza, como si Sandra fuese en sí misma otra Cornucopia llena de dulce ambrosía.

Mi polla estaba tan tensa e inquieta que me levanté entonces resiguiendo todo su ondulado vientre a besos. Deslicé mi mano por debajo del vestido hasta sacarla, y entonces, sin decirle nada, la cogí en brazos y la levanté. Ella se abrazó a mí y acercó su boca a mi oído. No sé qué me dijo, otra vez el lenguaje que pronunciaba se me antojó ancestral y desconocido.

-Vayamos a un sitio donde estemos más cómodos… -le dije con la voz entrecortada.
-A la derecha –susurró ella a mi oído –al fondo está el dormitorio.

Cruzamos el salón hasta una sala que estaba en penumbra. Ella chasqueó los dedos y unas lámparas de pared se encendieron con un resplandor anaranjado y suave. La luz bañó la habitación proyectando sombras que en una obra teatral serían observadas con asombro. Las cortinas se mecían suavemente en el aire fresco que se colaba desde el exterior.

La dejé con cuidado encima de la cama, a la cual ella se entregó con aire ensimismado. Abrió mucho los brazos para luego cruzarlos por encima de su cabeza en un arco. Yo me escabullí de su flanco, esquivando una de sus piernas e internándome entre las dos. Le quité los zapatos masajeando sus pies, y entonces empecé a subir por sus vertiginosas piernas como un explorador entusiasmado. Ella rodeó mi cuello con sus piernas, y entonces me obligó a mirarla. Tumbada estando fue quitándose el vestido. Su pelo se esparció encima de la cama con un ágil movimiento, y cuando se desabrochó el sujetador, sus pechos parecieron salir solos. Se extendieron sobre su torso rociando mis sentidos con mil y una sensaciones.

Yo deslicé las manos disfrutando de los electrizantes cosquilleos de su piel contra mi piel. Pero antes de que pudiera llegar a sus enormes melones, ella rodó por encima de la cama divertida, alejándose de mí y riendo con descaro. Se puso de rodillas sobre las sábanas ya arrugadas, y con un dedo perverso me ordenó acercarme.

Arrodillados uno enfrente del otro sentí mi corazón desbocarse. Ella me liberó de la camiseta para luego acariciar mi torso, jugar a besos y lamidas que me provocaron escalofríos, y recorrer con sus dedos mis abultados pantalones.

Sus manos eran ágiles, y con suma facilidad desabrocharon el cinturón y abrieron los pantalones bajándomelos hasta los muslos. Mi miembro se remarcaba imponente bajo los calzoncillos, y ella posó su mano en él y gimió. Al instante ponía la otra, y con las dos a la vez me masajeaba, hasta que los calzoncillos, casi por sí solos, se abrieron dejando escapar olores de ensueño y un calor que pareció propagarse por toda la habitación. Besó mi pecho, mi pelvis y mi glande desatando espasmos de sutil placer.

Yo me incliné hacia su cuerpo mientras sentía su boca devorar mi polla. Le acaricié la desnuda espalda y me deleité con la esponjosidad del tacto de sus glúteos. Por unos instantes me concentré en acompañar su felación con atentas caricias de deseo contenido.

Y entre caricia y caricia se me escapó otra vez una afirmación de carácter ingenuo:
-¡Eres una Diosa, Sandra!

Ella gimió, degustando mi polla, y entre sus labios se escapó el sonido del deleite gustativo, ese sonido que parece ser musitado con los labios cerrados alrededor de una ensimismada consonante nasal que se alarga hasta donde se pierden los sentidos.

Y es que en lo arcano de la divinidad y el mito, yo, un simple mortal, nunca podría llegar a apreciar hasta donde llega la extensión de las sensaciones producidas por una Diosa.

Sandra levantó la cabeza y una sonrisa pícara se formó en sus labios lúbricos mientras varias gotas de lujuria ser perdían resbalando por su cuello.

-Me gusta que repitas esto… -susurró casi riendo–, que soy una Diosa.
-¡Es que lo eres! –exclamé liberando las palabras con un impulso.

Ella lanzó una carcajada al aire mientras me empujaba haciéndome caer de espaldas sobre la cama. Me miró con unos ojos teñidos con las ganas de jugar, y yo le sonreí. A gatas, se acercó hacia mí. Primero poniendo una pierna entre las mías, obligándome a separarlas ligeramente. Luego otra al lado de mi pelvis, y al final sentarse encima de mí, apresando mi polla entre sus nalgas.

-No sabes lo que dices –confesó Sandra.

Y moviéndose sobre mí como una golosina gelatinosa que se posa lentamente sobre su molde, se clavó en mi miembro con un movimiento audaz. Al primer instante, un pequeño dolor salpicó mi cuero, haciendo que mi cuerpo se tensara con un espasmo. Pero luego, sentir la vagina de Sandra devorar mi polla me transmitía un placer que nunca antes había experimentado.

Y mientras me cabalgaba con aire insaciable, como poseída por un espíritu superior, vi imágenes prohibidas de épocas que ya pasaron y otras que aún no han llegado. Vislumbré el futuro y volé a través de los senderos por los que los historiadores de todos los tiempos han soñado.

Sentí su vagina comer y alimentarse de mi cuero, como si mi carne sólo fuera una esponja y su vagina, de algún modo, se clavara directamente al conducto de mi sexo, penetrara mi carne y llegara a su interior, a la garganta que escupe compulsivamente, al nervio que se sacude y manda un millar de sensaciones hacia mi cerebro.

Y entonces, sacudido y asaltado sin poderme defender, noté que mi espalda ya no se apoyaba en la blanda superficie de ninguna cama. Entre el placer agonizante, noté un aire sutil acariciar mi cuerpo y abanicar mi pelo. Miré hacia todos lados mientras me retorcía bajo la cabalgadora, tratando de encontrar los límites de mi alucinación, pero no pude más que vislumbrar el universo circular a mí alrededor, y entonces me sentí como la montura de una Diosa, la montura con la que Sandra cabalgaba por el ignoto universo. Entonces fui atraído por sus potentes gemidos y miré en su dirección. Su rostro estaba invadido por el jolgorio, cabalgándome impulsivamente, con tanta energía que mi corrida subió imparable y empecé a sufrir espasmos que dominaron mi cuerpo. Pero por encima de ellos, estaba ella. Era tal su dominio que mi polla siguió dura, caliente y tensada dentro de Sandra. Ella la mantenía esclava de su placer.

Durante horas, días quizá, me mantuve duro y caliente dentro de Sandra, agonizando en una tortura de embrujo y hedonismo, hasta que en un momento dado, entre carcajadas que se disipaban sin saber cuándo y gemidos de origen atemporal, llegamos volando a la cumbre de una montaña que se erguía en medio del universo.

Sandra me llevó a su guarida real, al palacio donde moran los Dioses y Diosas. Me arrancó del mundo material para llevarme a un plano extraterrenal inalcanzable para los mortales. Me brindó un viaje increíble que supera la imaginación de cualquier alma terrestre. Y en ese viaje experimenté las sensaciones y los placeres que me han llenado hasta el día de hoy.

Pues, meses después de mi caída, aún sigo recordando y deseando a Sandra, mi Diosa del Olimpo. No sé cómo sobreviví, pero lo hice. Allí, en ese lugar de fantasías secretas, guardadas con recelo, no me querían. Los otros Dioses me odiaron, y con el tiempo, trazaron un plan para expulsarme. Y yo, simple mortal, no pude hacer nada contra ellos y fui atacado. Caí desde una altura incalculable después de un duro golpe que confundió mi alma.


Me sentí tan débil e indefenso que casi estuve a punto de morir, pero me aferré a la vida, me aferré a su recuerdo y al deseo de volverla a ver. Sé que no soy nada, que no soy nadie y que no tengo ningún poder. A los pies del Olimpo miro arriba, hacia el abismo cósmico que se pierde a la vista, y el temor es tan grande que cualquier persona perdería la cordura. Pero no me rendiré, ahora ya no. Aunque sea contra Dioses, lucharé y llegaré hasta ella de nuevo.
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